En algún lugar de Eliria.
Año: ¿5?
Diversas culturas le asignan significados variados a las conmemoraciones de aniversario. En la nuestra, lo ordinario era celebrar la traslación solar en una fiesta, rodeados de seres queridos. En el caso de nosotros, algo tan elemental se tornaba complicado. Desconocemos el estatus y el paradero de nuestras familias, estamos rodeados de problemáticas que antes de solucionarse se agravan, y emerge un debate: ¿nos corresponde conmemorar el movimiento planetario de nuestro lugar de origen, o el de Eliria, nuestra residencia involuntaria?
Este dilema que pudiera parecer irrelevante, irracional inclusive, refleja la diferencia fundamental entre quienes llegamos a compartir este infortunio. Una facción investiga mientras espera con menguante esperanza un rescate de Soltre, y otra reúne a los que han agotado la paciencia de esperar, buscando asentarse en Eliria y replicar nuestra civilización, utilizando cualquier medio necesario. Resulta lógico concluir cuál es la fecha que cada una conmemora.
—Han comenzado con los experimentos otra vez —expresó el más joven de nuestro grupo, interrumpiendo mi reflexión y lamentándose ante los hechos.
—Es irónico. Desean el poder para recuperar nuestro antiguo estilo de vida, y lo primero que hacen es violar las normas de la civilización que pretenden replicar —le respondí.
—¿No hay nada que podamos hacer? —cuestionó mientras otros compañeros celebraban cinco años de supervivencia bebiendo, pero con mesura. Su semblante de amargura contrastaba con la celebración, pues muchos lamentaban la primera festividad separados de nuestros compañeros.
—Acordamos la neutralidad con ellos. Lo contrario sería destrucción mutua —respondí antes de profundizar aún más en mis pensamientos.
En Soltre era gravemente penada la experimentación coercitiva en seres intelectualmente capaces; incluso si eran ajenos a nuestra especie o si provenían de otros sistemas planetarios.
En un inicio nos valimos exclusivamente de autómatas, máquinas y herramientas para obtener recursos, defendernos y sobrevivir, pero las crecientes amenazas de un mundo nuevo armonizadas con el desolador paso del tiempo, corrompieron a muchas mentes brillantes que optaron por la estrategia de alterar la genética de creaturas elirianas hasta mutarlas y utilizarlas como peones de lo que pronto se convertiría en un pequeño, pero formidable ejército conquistador.
Aunque inmoral, desde un punto de vista de supervivencia era la opción más efectiva. Las guerras en Eliria eran una constante implacable; existían tecnologías, creaturas y ciencias altamente peligrosas y originarias de este mundo, que aún no terminamos de entender, y no poseíamos autómatas, máquinas, ni herramientas suficientes para defendernos como quisiéramos, ni materiales para fabricarlas.
La facción del éxodo (FACCE), a pesar de contener a la mayor parte de los supervivientes al naufragio espacial, nos dejaron a todos los autómatas para poder defender nuestro modesto territorio, a cambio de llevarse las herramientas e instrumentos de laboratorio que consideraron necesarios para realizar sus experimentos y conformar una nueva nación. El conocimiento no fue problema, pues fue fácil de replicar en las computadoras, las cuales fueron divididas equitativamente al igual que los generadores de energía que adaptamos al desmantelar nuestra nave.
Quedamos en términos pacíficos, y de cooperación periódica. La relación política con nuestros conplanetarios, separados ya desde hace ya casi un año, distaba de ser problemática en comparación a los reinos y naciones del mundo de Eliria.
Denominamos “guerreros” a los reinos de humanos que vestían de acero y portaban espadas y escudos para pelear. Eran físicamente similares a nosotros, se relacionaban diplomáticamente y con ayuda de nuestra tecnología logramos dominar uno de sus idiomas para poder comunicarnos efectivamente con el reino más cercano a nuestra ubicación: “Fanés”, con el cual celebrábamos comercio, pues les resultaba conveniente adquirir herramientas e instrumentos que con su nivel medieval de tecnología les resultaba difícil o imposible de obtener. El conocimiento intercambiado decidimos limitarlo, pues tememos que si dejamos de serles útiles puedan pretender exterminarnos. Al fin de cuentas son un reino que lleva siglos en guerras constantes con otras naciones.
Las bestias eran un problema muy diferente. Creaturas sin capacidad de lenguaje, pero inexplicablemente poderosas, vagaban por cada rincón de Eliria. Desorganizadas en su mayoría, pero todas dominadas por sus instintos primales, y algunas con niveles peligrosos de inteligencia, fueron el primer obstáculo que encontramos al llegar, y la amenaza más inmediata para nuestra supervivencia. No nos gustaba la idea de llegar a un planeta ajeno y privar de su vida a las criaturas originarias del lugar, pero su violencia era incesante y los intentos por disuadirlas y domarlas concluyeron en la muerte de cuatro de nuestros compañeros. Concluimos, quizás prematuramente, que la única lógica que comprendían estas creaturas era matar o morir, sin claroscuros.
Logramos clasificar a otros seres vivientes, e incluso no vivientes, que desafiaban la lógica del mundo del que proveníamos, con resultados sumamente limitados: Cadáveres reanimados, objetos que se movían como si estuvieran vivos sin poseer funciones biológicas, creaturas multidimensionales incorpóreas que podían interactuar con el mundo físico, a quienes los humanos llamaron “espíritus”, y espectros híbridos con características de creaturas físicas e inmateriales, a los cuales denominamos “intangibles”.
Pero antes de pretender entenderlos a ellos o a los habitantes acuáticos de Eliria, que a pesar de ser tan diversos como los otros, los clasificamos de esta manera por prelación temporal, trabajamos prioritariamente en comprender a las creaturas místicas de los bosques, con quienes hemos tenido acercamientos gracias a nuestro parecido físico, pero cuyo idioma no hemos logrado dominar debido a la escasez de encuentros alcanzados. Aunque físicamente varían considerablemente unas de otras, voladoras, terrestres, acuáticas, y algunas incluso con aspecto humano, decidimos clasificarlas de esta manera al ser las únicas creaturas capaces de dominar una tecnología conocida en el mundo de Eliria como “magia”.
Aquella podría ser la clave, no solo para sobrevivir en este extraño mundo, lleno de misterios sin explicación, sino la última esperanza para Soltre, nuestro planeta de origen al borde de la destrucción.
© 2026 – Javier Náñez Pro
A 38 marinas de la costa de Lescira.
Año: 7
No quedó ningún superviviente. Ni hombres, ni mujeres, ni niños, ni esclavos. Ese solía ser el resultado de todos los enfrentamientos contra piratas, y por eso era sabido que pelear a muerte era la única opción. ¿Qué hice para sobrevivir y por qué fui la única? Fueron mis primeros cuestionamientos internos después de la matanza, cuando me llevaron presa a su barco, dejando atrás el naufragio del que me llevaba.
—¿Cuál es tu edad? —me preguntó el señor que me sujetaba fuertemente del brazo. Él tendría cerca de unos 40, cojeaba un poco al caminar, tenía sangre en su vestimenta (ajena, pues no parecía tener una sola herida) y su aspecto era desaliñado, su barba no era simétrica, creciéndole en algunas partes y en otras no, y su aliento era desagradable; una mezcla entre pescado, alcohol y tabaco.
—Once —Mentí, pretendiendo ser menor. En realidad tenía trece.
—¡No la maltrates, zanco! —Le advirtió otro hombre que nos miraba a lo lejos, recargado en la barandilla de la parte superior de la borda—. El Primar quiere hablar con ella personalmente.
El hombre que me sujetaba aflojó su agarre tras escuchar esto, y sin decir nada más, me llevó a una serie de cabinas dentro del barco; eran tantas que me parecía un laberinto moverme por ahí. El caos de la pelea me hizo ignorar que me encontraba en un navío de proporciones descomunales; una fortaleza en el mar.
Finalmente, terminó por dejarme con una mujer en un espacio amplio que parecía ser una enfermería, misma que estaba vacía, y sin decirme nada solo comenzó a inspeccionarme físicamente. Escribió algo en una nota, tocó la puerta para indicar que había terminado, y otro sujeto, de mucho mejor aspecto e higiene que el anterior, la recogió y pidió que le acompañara.
Me dirigió suavemente hacia otra cabina no muy lejos que solo tenía una mesa grande con sillas cómodas al centro y una ventana hacia el mar. Él se sentó frente a mí sin decir nada, sirvió agua en dos tarros, puso uno frente a mí, otro frente a él, tomó un sorbo y se puso a leer un libro.
Tenía ganas de preguntarle algunas cosas, pero años viviendo como esclava me enseñaron a no hablar sin antes recibir una pregunta. Una de mis conductoras me enseñó que la prudencia y la reflexión eran nuestras mejores herramientas para sobrevivir. ¿Sería aquella la razón por la que había sobrevivido al ataque?
Tomé un sorbo del agua y me puse a pensar. ¿Sería mi apariencia? ¿Mi conducta? ¿Suerte? En las historias los piratas eran implacables, sanguinarios, crueles, salvajes y despiadados. Entre nobles, comerciantes, aldeanos e incluso esclavos, el temor a estos hombres era una de las pocas constantes que nos unía, y no había puerto en el que no se nos advirtiera sobre ellos, y la cabeza de muchos de ellos tenían recompensas. No aprendí sus nombres porque nunca me enseñaron a leer y los dibujos no eran muy consistentes, por lo que aunque viera a alguno de ellos no sabría reconocerlo.
Durante los años había sufrido abusos de muchos tipos, así que no le temía a muchas cosas, ni a una muerte temprana, pero sí a ser ultrajada. Desde que entré tenía muy presente la ventana hacia el mar, que estaba abierta, pues sería mi salida de ese tormento si las cosas salían mal.
Sentí que pasaron horas sentados en esa silla sin pronunciar una sola palabra. Se hizo de tarde, y el hombre frente a mí no decía una sola palabra, y en ocasiones me miraba unos segundos antes de volver a retomar su lectura. Dejé de reflexionar, e incluso sentí algo de sueño, hasta que el sujeto se levantó y tocó con fuerza la puerta de madera al fondo de la cabina, opuesta a la que habíamos utilizado para entrar.
—¡Pase! —Escuché que gritó un señor desde ese lugar.
El joven lector me encaminó hacia allá, abrió la puerta y pasé sin que el entrara tras de mí. El cuarto en el que me encontré era amplio. Tenía otra puerta, que al parecer daba al corredor principal del barco, y múltiples ventanas al exterior que permitían ver el mar de frente y por los lados. Había varios cofres cerrados, pergaminos, sillas, mesas, mapas, libros y cuadros en las paredes. Aunque el espacio era desordenado no parecía ser la cabina de un sanguinario salvaje, sino más bien se asemejaba a un pequeño estudio o biblioteca.
—Por favor, siéntate —Me pidió el hombre suavemente. Su gesto de amabilidad me sorprendió, pues nadie le pediría algo de favor a una esclava. Solo recibíamos órdenes que debíamos obedecer y era todo.
Su físico era el de un hombre maduro, tendría más de 40 fácilmente, su piel estaba oscurecida por el sol, pero su tono era más claro que el del resto de las personas que había visto en el barco. No llevaba puestas joyas visibles más que 5 aretes dorados (tres en la oreja derecha y dos en la otra), pero su vestimenta era distintiva y los colores azul marino con negro eran llamativos. La ornamentación reflejaba que era una persona de un rango elevado. Nadie me había dicho que existían los piratas nobles. ¿Sería que robó el ropaje de alguno de ellos que viajaba por el mar?
—¿Cuál es tu nombre? —Me preguntó. Su voz no era intimidante y su semblante era amable, inspiraba confianza y tranquilidad.
—Helia, señor —Respondí. Él sonrió, como si hubiera entendido de inmediato que el nombre me lo habían puesto por mi cabello amarillo y tez clara, como el Helios, el calor del amanecer. No entendía cómo un hombre así había matado a todos en el barco, no hacía sentido.
—Luces confundida. ¿Será que tengo algo en la barba?
Su barba de color negra como su cabello era curiosa. Su bigote estaba rasurado, y solo tenía barba a los lados que terminaban en forma de punta triangular. Aunque el hombre sonreía no me atreví a reír con él, y solo negué con la cabeza, mirando hacia abajo.
—Dime qué pasa por tu mente, pequeña. Te invité a charlar, no a escucharme hablar a mí mismo.
—¿Por qué mataron a los demás, señor? —Pregunté temerosa, pero respetuosamente. Si me piden que hable con la verdad, debo hacerlo.
—Porque nos atacaron cuando abordamos su barco —respondió—. Incluso antes de hacerlo les pedimos que dejaran las armas, pero no nos hicieron caso. Y los que no nos atacaron prefirieron lanzarse por la borda antes de dejarse capturar. ¿No lo notaste?
En realidad no había visto lo sucedido porque me escondí cuando sucedió todo, hasta que me encontraron mientras se llevaban los suministros del barco. Quizás todo había sido una confusión.
—¿No son piratas? —Le pregunté. Él sonrió, pero negó con la cabeza un poco decepcionado.
—Nos llaman piratas, pero lo que hacemos no es muy diferente a lo que hacen los reyes y señores en sus tierras —explicó—. ¿Qué pasaría si la caravana de un reino en guerra cruza las fronteras de su nación y pretende entrar al reino enemigo? ¿No la abordarían los soldados?
—Sí, señor.
—¿Y qué pasaría si los del carruaje invasor atacan a los soldados en su propio reino? ¿No tendrían derecho a defenderse del ataque?
—Sí tendrían, señor.
—Y cuando los comerciantes viajan a una nación extranjera, ¿no les cobra el reino un peaje por transitar?
—Sí lo hace, señor.
—El océano no es un reino porque no queremos reyes, pero sí es una nación; con ciudadanos, territorio y una identidad propia, pero los reinos no quieren reconocerlo y se oponen a la paz. Piensan que los mares son una extensión de su dominio, y nos dan mala fama para impedir que la gente piense que puede coexistir con nosotros. Deberíamos de ponerle un nombre a su estrategia de falsedades.
Se detuvo un momento para facilitar la reflexión sobre sus palabras. Lo que decía hacía mucha lógica.
—Me gustaría hacerte una pregunta —Me dijo después de unos segundos, ante lo cual asentí con la cabeza después de entender que estaba esperando a que primero accediera.
—¿Sabes cuál era el paradero final del barco en el que ibas?
—Escuché a nuestros controladores decir que nos llevaban a un lugar que se llama Tecnolia, no muy lejos de Fanés, señor —Respondí—. Entendí que unos hombres de ojalata les prometieron armas especiales a cambio de llevarnos porque querían estudiarnos.
—Tecnolia otra vez… —Mencionó en voz baja, mientras reflexionaba—. Entonces debes ser una mística.
No entendía cómo podía saberlo si no lo había dicho en este barco.
—¿Alguna vez has pensado en qué harías si fueras libre? —Me preguntó, cambiando el tema.
—Todos los días, señor.
—¿Y qué harías?
—Aprendería a utilizar magia para poderme defender y no volver a sufrir abusos, ni ser esclavizada nunca más. Y a leer antes de eso para poder estudiar todos los grimorios que encuentre.
Él sonrió nuevamente y rió.
—En esta nación del mar que lucha por la libertad no pudiera existir la esclavitud, Helia. A partir de hoy eres libre de ir, venir, y aprender toda la magia que desees.
El silencio que siguió pareció durar eternidades. Y él, con una sonrisa cálida, pareció disfrutar cada segundo de ellas.
© 2026 – Javier Náñez Pro
A 47 marinas de la costa de Lescira.
Año: 7
Comercio de esclavos, monstruos marinos, rapto de místicas, islas inexploradas, tecnología fuera de nuestra época, secretos detrás del poder, propaganda negra, y millares de muertes sin propósito… ¿Existirá alguna mejor forma de enfrentar la corriente? ¿Es necesario que Eliria sufra estos pesares para poder evolucionar? A este ritmo solo podía lamentar que me faltaría vida para solucionar los conflictos inminentes, que amenazarían como nunca antes el futuro de este planeta… Y no pareciera existir un poder individual lo suficientemente grande para enfrentarlos; ni siquiera el de una gema primordial.
—¿Señor Primar? —Escuché a un hombre preguntar mientras tocaba suavemente la puerta. Por la hora, imaginé que él no sabría si aún estaba despierto, tras haber pasado tantas horas charlando con la niña mística liberada. ¿Existiría acaso un mayor placer que devolverle el sentido de la vida a una joven que había ya perdido toda la esperanza? No se me ocurrían muchos.
—Adelante, Herven. Ya sabes que puedes llamarme “Oués”, no es necesaria la formalidad a estas horas de la noche.
—Estamos a unas horas de desembarcar al soldado lesciriano en una de las islas del arrecife que cruzaremos. Podrá sobrevivir ahí por semanas en lo que es encontrado. ¿Aún desea conocerlo? Si desea descansar, yo puedo interrogarlo antes de que lo liberemos.
—No, no. Tú solo vas a extraer información, pero lo que yo pretendo es la reflexión. Nuestra lucha no es solo de armas, es de ideas. Si solo ganamos en ese primer plano, los enemigos nunca dejarán de venir, y un futuro sin la paz no puede considerarse una victoria verdadera. Tráelo.
—Usted no se cansa de lucirse —Acusó. Yo solamente sonreí, mientras sujetaba mi sombrero, pues entró una corriente de viento, pero antes de que entrara el soldado cambié velozmente mi semblante. No me hacía feliz ver al sujeto, quien solo seguía vivo por mera casualidad.
Venía con grilletes de hierro en las piernas, con una cadena que arrastraba una bola pesada de plomo, y sus manos también llevaban grilletes que impedían su movilidad. Era rubio, de ojos claros y sin vello facial. Sus facciones eran algo toscas y poseía una altura imponente; era corpulento, joven y además lucía en forma a través de sus ropajes. Podría pesar hasta tres quintales. Todo un espécimen criado para matar.
Herven le indicó que se sentara en una silla y así lo hizo. Yo prefería quedarme de pie, pues llevaba horas sentado. El sujeto me miraba fijamente con un poco de incredulidad, pero también con cautela.
—¿Tú eres el Primar? —Cuestionó.
—Lo soy.
—¿El de la fuerza de un toro y el poder de un dragón?
—Ese mero —Sonreí con plena confianza.
—Pero eres la mitad de mi tamaño.
—¿Confías mucho en tu fuerza? —Le pregunté—. ¿Qué te parece si me das un apretón de manos? Si logras fracturármela, doy mi palabra que te otorgamos un pequeño velero al liberarte para que puedas navegar a donde gustes. Y si pierdes, igual te desembarcamos en la isla en la que planeábamos dejarte, pero tendrás la mano rota.
Extendí mi mano hacia donde estaba, dispuesto a cumplir el reto.
El sujeto me miró no más de dos segundos antes de decidir.
—No. Lo siento. Prefiero no participar.
La atmósfera del lugar cambió. Decidió someterse voluntariamente, y me alegró. No era tan tonto como parecía.
—Nombre y rango —le cuestioné.
—Orguel, Oficial del Décimo Tercer Escuadrón de Lescira.
—Dime, Orguel. ¿Sabes por qué estás vivo?
—No.
—¿Si tú hubieras encontrado a un enemigo enfermo en el campo de batalla, lo hubieras asesinado?
Se tomó unos segundos para pensarlo.
—Sí. Es lo que se hace normalmente. Si se alivia, el día de mañana podrá herirnos y alguien de nosotros pudiera morir. Ustedes mataron a mi compañero hace unos días a pesar de que también estaba enfermo sin poder pelear, igual que yo en ese momento.
—¿Y qué tal los hijos de tu enemigo que aún son demasiado jóvenes para luchar? Ellos también pudieran herirlos después de ver lo que hicieron con su padre. ¿También los matarías?
—Sí. También deben de morir. En el futuro serán una amenaza.
Miré a Herven sin decir nada antes de continuar la conversación con el soldado. Por lo menos podía apreciar su honestidad.
—¿Por qué te volviste soldado? ¿Por qué participas en expediciones en contra de nosotros? ¿Qué te motiva a arriesgar tu vida?
—Ser soldado es ser un héroe. Luchamos contra los malos, liberamos a los pueblos oprimidos, protegemos el reino de amenazas y a cambio nos reciben con aplausos, festines y banquetes. Es la mejor vida.
—¿Crees que los piratas somos una amenaza para tu reino?
—Sí.
—¿Alguna vez lo hemos atacado? ¿Sabes de alguna vez que hayamos desembarcado a saquear un puerto? ¿Una aldea? ¿Un pueblo?
—No, pero sí han luchado contra nosotros y dejado la sangre correr.
—¿Y en dónde han ocurrido estas batallas?
—En islas principalmente, y en el mar algunas veces.
—¿Las islas a las que ustedes van y liberan?
—Sí.
—¿Recuerdas hace unas semanas que estuvieron en la Isla de Varén? ¿Para qué fueron a ese lugar?
—Porque nos llegó un decreto de la familia real que decía que unos piratas se habían adueñado de esa isla.
—¿Y la fueron a liberar? ¿Te pareció que estaba llena de gente oprimida? —Sin darme cuenta comencé a alzar la voz.
—No lo sé.
—¿Por qué no sabes?
El soldado tomó una pausa y bajó su tono de voz.
—Porque llegamos y atacamos al pueblo de inmediato.
—¿Estaban armados los hombres de la isla?
—Con palos y machetes solamente.
—¿Te parecía que eran guerreros o piratas?
—No…
—¿Qué hicieron con ellos?
—Los matamos.
—¿Y a sus hijos?
Nuevamente volvió a pausar antes de responder.
—También.
—¿Y a las mujeres?
—No las matamos.
—¿Qué hicieron con ellas? ¿Las liberaron de su opresión?
Orguel no respondió. Del coraje, le di un golpe a una mesa que estaba a un lado, y quedó hecha añicos. Del impacto saltaron algunas astillas que se clavaron en mi antebrazo y la mejilla del soldado, quien se estremeció y apartó su mirada. Le grité.
—¿QUÉ HICIERON CON ELLAS?
—Yo no violé a nadie, estoy comprometido.
—¡SOLO POR ESO ESTÁS VIVO EN ESTE MOMENTO!
—Señor —me advirtió Herven al poner una mano sobre mi hombro—. Sus ojos están brillando.
Tomé aire, estiré una silla, la puse frente al soldado y tomé asiento. Recuperé la calma y reinicié la conversación.
—Dime, Orguel. ¿Te sentiste heroico cuando liberaste de sus opresores a los habitantes de la Isla de Varén?
—No, señor.
Fue hasta ese momento que volvió a mirarme a los ojos y en su semblante pude ver algo de arrepentimiento.
—¿Sabías que esa isla en particular se caracteriza por tener un yacimiento de esmeraldas? ¿De las que la realeza gusta portar?
—No lo sabía.
—¿Qué pasó después de que liberaran la isla?
—Llegaron civiles y algunos guardias de Lescira a poblarla. Había mineros, y representantes de la familia real.
—¿Todavía piensas que nosotros somos los malos?
No respondió.
—Destruyeron las vidas de gente inocente para que una princesa tuviera joyas nuevas. Y la familia real ni siquiera tuvo que arriesgar su vida en el mar porque un grupo de soldados que se creen héroes van y lo hacen gozosamente, esperando obtener medallas de honor que terminarán recibiendo entre lágrimas sus esposas e hijos huérfanos el día que su cadáver llegue a tocar las puertas de sus casas. Qué gran orgullo.
© 2026 – Javier Náñez Pro